La pizza y los pasteles están entre los alimentos preferidos y de mayor consumo entre grandes y pequeños y ambos productos exigen una preparación mayormente artesanal, por lo que las personas que lo elaboran generalmente tienen una amplia experiencia y creatividad que les permite perfeccionar técnicas y hacer nuevas creaciones.

Ni la pizza ni los dulces pierden vigencia en ningún momento, no les afectan modas ni coyunturas económicas, por ello ni pizzeros ni pasteleros se pueden permitir un alto en la atención de los clientes, ni siquiera en su día.

Sin duda se trata de trabajos sacrificados, condición que se agudiza por los horarios en los que se manejan los profesionales.

Así, por ejemplo, los pasteleros operan fundamentalmente de noche, y algo parecido sucede con los pizzeros, que en su mayoría empiezan su actividad a partir de las seis de la tarde (cuando preparan las prepizzas y los ingredientes) y -en el mejor de los casos- salen pasada la medianoche, después de dejar todo limpio para el día siguiente.

Los inicios de la comercialización de pizzas en Argentina ocurrió en el barrio porteño de La Boca. Previamente a que se abriera dichos locales comerciales, la pizza llegó al país de la mano de los inmigrantes italianos.

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